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domingo, 4 de septiembre de 2011

El valor de la filosofía está en su propia incertidumbre

Bertrand Russell;
"
Los problemas de la filosofía,
'El valor de la filosofía'" [Fragmento]


LA FILOSOFÍA, COMO CUALQUIER OTRA MATERIA, APUNTA PRINCIPALMENTE AL CONOCIMIENTO. El conocimiento al que apunta es el tipo de conocimiento que unifica y sistematiza al cuerpo de las ciencias, y del tipo que resulta desde un examen crítico de las bases de nuestras convicciones, prejuicios y creencias. Mas no se puede sostener que la filosofía en cualquier medida haya tenido éxito en sus intentos para dar respuestas definitivas a sus preguntas. Si usted le pregunta a un matemático, a un geólogo, a un historiador, o a cualquier otro hombre de ciencia, qué cuerpo definitivo de verdades ha sido logrado por su ciencia, su respuesta será tan larga como usted esté dispuesto a escuchar. Pero si le hace la misma pregunta a un filósofo, él deberá, si es inocente, confesarle que su estudio no ha producido resultados positivos tal como han sido alcanzados por otras ciencias. Es verdad que debe ser tomado en cuenta el hecho que, tan pronto como un conocimiento definitivo con respecto a cualquier tema se hace posible, este sujeto cesa de ser llamado filosofía y se hace una ciencia en sí. […]


"la incertidumbre filosófica es más aparente que real: aquellas preguntas que son capaces de ofrecer respuestas definitivas son consideradas ciencias, mientras que aquellas de las que, en el presente, no se tiene una respuesta definitiva permanecen en lo que llamamos filosofía"



Esto es, sin embargo, sólo una parte de la verdad con respecto a la incertidumbre de la filosofía. Hay muchas preguntas – y entre ellas las que son del más profundo interés para nuestra vida espiritual – que, tan lejos como podemos ver, deben permanecer sin solución al intelecto humano a menos que su potencial se convierta en algo totalmente distinto de lo que es ahora. ¿Tiene el universo algún plan unificador o propósito, o es tan sólo una fortuita interacción de sus átomos? ¿Es la conciencia una parte permanente del universo, dando esperanza al crecimiento indefinido de la sabiduría, o es sólo un accidente transitorio dado en un pequeño planeta en el que la vida algún día será imposible? ¿Son el bien y el mal de importancia para el universo o sólo para los hombres? Son estas preguntas las que se hace la filosofía, y sus respuestas son de tal variedad como diversidad de filósofos hay. Mas parece ser que, independientemente de si las respuestas a estas preguntas son capaces de ser descubiertas o no, las respuestas sugeridas por la filosofía no pueden ser demostradas como verdaderas. Aunque, a pesar de que la esperanza sea escasa para poder descubrir una respuesta, es parte del asunto de la filosofía continuar con el estudio de tales preguntas, para hacernos conscientes de su importancia, para examinar todas las aproximaciones a ellas, y para mantener con vida el interés especulativo en el universo, que es capaz de ser destruido por nuestro confinamiento al conocimiento cierto y definitivo. […] 

El valor de la filosofía deberá ser buscado, de hecho, mayormente en su propia incertidumbre. El hombre que no posea de ni siquiera un nimio conocimiento de la filosofía transita a través de la vida encarcelado en los prejuicios derivados del sentido común, en las creencias habituales de su tiempo o de su patria, y en las convicciones que se han desarrollado en su mente sin la cooperación o consentimiento de su deliberada razón. Para tal hombre el mundo tiende a hacerse definitivo, finito, obvio; los objetos comunes no le producen dudas, y las posibilidades extrañas son rechazadas con desdén. Tan pronto cuando empezamos a filosofar, al contrario, encontramos, que inclusive las cosas más comunes nos llevan a los problemas de los que sólo se pueden dar respuestas incompletas. La filosofía, a pesar de no ser capaz de decirnos con certidumbre cuál es la respuesta correcta a las dudas que plantea, es capaz de sugerir muchas posibilidades que amplían nuestros pensamientos y los libera de la tiranía de lo común. Así, mientras que nuestro sentimiento de certidumbre con respecto a lo que las cosas son se ve disminuido, incrementa de forma importante nuestro conocimiento de lo que pudieran ser; remueve ese dogmatismo algo arrogante de aquellos que nunca han viajado a la región de la duda liberadora, y mantiene con vida nuestra capacidad de asombro por medio de mostrarnos el aspecto extraño que las cosas familiares tienen. 

Aparte de su utilidad para mostrarnos posibilidades impensadas, la filosofía tiene el valor – tal vez el más importante y precisamente por la grandeza de los objetos que contempla – de liberarnos de las metas angostas y personales que resulta de esta contemplación. La vida del hombre instintivo está encerrada en el círculo de sus intereses privados: familia y amistades se pueden incluir, pero el mundo exterior no es tomado en cuenta a menos que ayude o estorbe lo que esté dentro del círculo de los deseos instintivos. En tal vida hay algo febril y confinado en comparación con la vida filosófica, que es calma y libre. El mundo privado de los intereses instintivos es muy reducido, ubicado en medio de un mundo grande y poderoso que deberá, tarde o temprano, reducir a ruinas nuestro mundo privado. A menos que podamos ampliar de tal manera nuestros intereses que incluyan la totalidad del mundo exterior, permaneceremos como en una guarnición de una fortaleza sitiada, sabiendo que el enemigo nos impide la escapatoria y que la rendición final es inevitable. En tal vida no hay paz, sino la lucha constante entre el deseo insistente y la impotencia de la voluntad. De una forma u otra, si queremos una vida maravillosa y libre, debemos escapar a esta prisión y a esta lucha. […] 

La mente que se ha acostumbrado a la libertad e imparcialidad de la contemplación filosófica preservará algo de la misma libertad e imparcialidad en el mundo de la acción y la emoción. Verá sus propósitos y deseos como parte de un todo, con la ausencia de la insistencia en que esos resultados deben ser vistos como fragmentos infinitesimales en un mundo en donde lo demás permanece sin afectación por cualquier acción del hombre. La imparcialidad que, en la contemplación, es el deseo de la verdad sin contaminación, es la misma cualidad de la mente que, en acción, es justicia, y en emoción es ese amor universal que puede ser dado a todos, y no sólo a aquellos que son juzgados como útiles o admirables. Así la contemplación amplía no sólo los objetos de nuestros pensamientos, sino también los objetos de nuestras acciones y afectos: nos hace ciudadanos del universo, no sólo de una ciudad amurallada en guerra con los demás. En esta ciudadanía del universo consiste la verdadera libertad del hombre, y su liberación de la esclavitud de las estrechas esperanzas y miedos. 

Así, para sumar a nuestra discusión sobre el valor de la filosofía, la Filosofía debe ser estudiada, no en nombre de cualquier respuesta definitiva a sus preguntas, ya que ninguna respuesta definitiva puede, como regla, ser conocida como verdadera, sino en nombre de las preguntas en sí mismas; porque estas preguntas amplían nuestra concepción de lo que es posible, enriquecen nuestra imaginación intelectual y disminuyen la seguridad dogmática que encierra a la mente y la previene de la especulación; pero más que nada porque, a través de la grandeza del universo que contempla la filosofía, la mente también participa de esa grandeza y se hace capaz de esa unión con el universo que constituye su más alto bien. 

Bertrand Russell;
"Los problemas de la filosofía"

domingo, 21 de agosto de 2011

La filosofía como investigación (fragmento)


EN NUESTRA ÉPOCA hay una fuerte tendencia que sostiene que la investigación sólo es importante cuando está orientada al campo de la técnica, de la ciencia o cuando es aplicable en el campo del desarrollo de la sociedad. 

Se olvida que es mucho más importante la investigación en un sector que no es verificable, que no ofrece ni garantías ni posibilidades concretas de aplicación. De ahí se deriva el falso planteamiento acerca de la filosofía como algo "inútil"; la filosofía, se dice, "no sirve para nada". Es evidente que la filosofía como la poesía, la pintura o la música, como toda una serie de actividades no "sirve" para nada, no es aplicable en lo concreto. Además, la investigación filosófica no es verificable, como algunos creen, confundiéndola con una investigación de tipo empírico. 

Esto es grave, porque incluso en algunos organismos que apoyan o deberían apoyar la investigación, predominan a veces criterios de este tipo. Es en verdad preocupante que no se establezca con claridad un orden de prioridades o, por lo menos, un orden de respeto a ciertas actividades en el campo de la filosofía, del arte y de las humanidades. 

¿Por qué pensamos que la filosofía es investigación? ¿Qué quiere decir investigación? Etimológicamente, investigar tiene relación con invadir. 
Investigar es meterse en un campo extraño, distinto, ajeno. Es no aceptarlas cosas tal y como se presentan, es preguntar: ¿qué hay detrás?, ¿qué hay en el fondo? Y este es el sentido originario que nos interesa subrayar desde el punto de vista de la filosofía. 

Este sentido lo encontramos ya en las primeras preguntas filosóficas. Cuando los presocráticos empiezan a formular sus preguntas es justamente porque quieren ir más allá del mundo tal y como se nos presenta a todos, tal y como lo aceptamos todos. Tratan de ir más allá del mundo de las apariencias para explicarlo a partir de un principio, a partir de algo que, en última instancia, no se da en lo inmediato, sino que busca, pregunta, invade otros terrenos de la realidad. La investigación filosófica se define como una búsqueda, como un invadir, como un preguntar, como un ir más allá de lo establecido y aceptado. 

Pero junto a esta definición de la investigación filosófica encontramos otras dos que se han dado a lo largo de la historia del pensamiento. Me refiero a la investigación como inventario, como descripción, como colección, como observación. Este significado que predomina, quizá, en el campo de las ciencias empíricas, sobre todo en el terreno de la razón observante, como decía Hegel, cumple también una función importante para la filosofía, especialmente en algunas corrientes que pretenden avocarse a una filosofía más "científica" o más "técnica". 

El tercer sentido que nos parece fundamental es el de la investigación como invención, como creación. Es el caso, por ejemplo, de la metafísica a lo largo de la historia entera de Occidente. Se pregunta por el fundamento y, cuando no se encuentra, se "inventa" o se "crea". Y esto es lo que va a caracterizar de manera esencial toda la historia de la metafísica. Estos serían, muy brevemente, los tres significados de investigación que aparecen de una manera más o menos importante a lo largo de la historia de la filosofía. […]

[…] Ya desde Grecia, los primeros filósofos, los presocráticos, se preguntan por el principio, las causas, lo que explica, lo que puede dar razón del devenir, de la apariencia, del cambio. Se busca un fundamento. Para tratar de explicar el movimiento y el cambio, aparecen respuestas que nos hablan de la sustancia, de lo sólido, de lo que permanece. Todas las respuestas se orientan hacia algo que va más allá de la experiencia inmediata, de la vida cotidiana. Y esto lo podemos constatar no sólo en Grecia, sino en todos los grandes periodos de la historia de la filosofía occidental. Esta actitud radical del preguntar por el fundamento, de invadir otros terrenos, es lo que de alguna manera va a manifestarse en todo el desarrollo del pensamiento. 




lunes, 13 de junio de 2011

Resolveos a no ser esclavos y seréis libres

Étienne La Boétie;
Sobre la servidumbre voluntaria (fragmento)

ADMIRABLE ES EL PRODIGIO QUE OBRA LA LIBERTAD
en el corazón de sus defensores. Pero lo que sucede en todos los países, con todos los hombres y todos los días, que un solo hombre pueda esclavizar cien mil ciudades y privarlas de sus derechos. ¡Quién lo creyera a no haberlo oído con certeza o visto con sus propios ojos! Si se refiriera únicamente como cosa acontecida en países extraños y tierras remotas, se creería más bien ser un esfuerzo de invención que el puro idioma de la verdad.
Pero ello es así, y aún más prodigioso si se considera que este tirano sería destruido por sí mismo, sin necesidad de combate ni de defensa, con tal que el país no consintiera en sufrir su yugo; no quitándole nada sino con dejar de darle. Si un país trata de no hacer ningún acto que pueda favorecer al despotismo, basta y aún sobra para asegurar su independencia.

Los pueblos deben atribuirse a sí mismos la culpa si sufren el dominio de un bárbaro opresor, pues que cesando de prestar sus propios auxilios al que los tiraniza recobrarían fácilmente su libertad. Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece. Al ser necesario un gran esfuerzo para recobrar la libertad, no fueran tan vivas y justas mis reconvenciones. No hay cosa más dulce para el hombre que reponerse en su derecho natural, o por decirlo mejor, de bruto pasar a ser hombre. Con todo, no exijo de él tanto arrojo, acepto que prefiera no sé qué seguridad viviendo en la miseria a la dudosa esperanza de vivir a su antojo. ¿Acaso no se consigue la libertad con sólo desearla? Y si basta un simple deseo, ¿qué nación habrá en el globo que aún la considere demasiado cara, pudiéndola obtener con sólo quererla? ¿Habrá voluntad a que repugne el recobrar un bien tan precioso aún al precio de su sangre y que una vez perdido, toda persona de honor no soporta su existencia sino con tedio y espera la muerte con regocijo? A manera que el fuego de una pequeña chispa se hace grande y toma fuerza a proporción de los combustibles que encuentra, y con sólo no darle pábulo se acaba por si mismo perdiendo la forma y nombre de fuego sin necesidad de echarle agua; así los tiranos a quienes se les sirve y se adula cuantos más tributos exigen, más poblaciones saquean y más fortunas arruinan, así se fortifican y se vuelven más fuertes y frescos para aniquilarlo y destruirlo todo; cuando, con sólo no obedecerles y dejando de lisonjearles, sin pelear y sin el menor esfuerzo, quedarían desnudos y derrotados, reducidos otra vez a la nada de que salieron. Cuando la raíz no tiene jugo bien pronto la rama se vuelve seca y muerta.


Para conseguir el bien que desea, el hombre emprendedor no teme ningún peligro, el trabajador no escatima ningún esfuerzo. Sólo los cobardes y los perezosos no saben ni soportar el mal, ni recobrar el bien que se limitan a desear. La energía de procurárselo se la roba su propia cobardía; no les queda más que el natural anhelo de poseerlo. Este deseo, esta voluntad innata común a los sabios y a los locos, a los audaces y a los cobardes, les hace apetecer todas aquellas cosas cuya posesión les haría felices y contentos. Hay una sola que los hombres, no se por qué, no tienen ni siquiera fuerza para desearla. Es la libertad, ese bien tan grande y dulce, que cuando se pierde, todos los males sobrevienen y que, sin ella, todos los otros bienes, corrompidos por la servidumbre, pierden enteramente su gusto y sabor. Sólo a la libertad los hombres la desdeñan, únicamente, a lo que me parece, porque si la deseasen la tendrían: como si se rehusasen a hacer esa preciosa conquista porque es demasiado fácil.


¡Hombres miserables, pueblos insensatos, naciones envejecidas en vuestros males y ciegas cuando se trata de vuestra felicidad! ¿Cómo os dejáis arrebatar lo más pingüe de vuestras rentas, talar vuestros campos, robar vuestras casas y despojarlas de los muebles que heredasteis de vuestros antepasados? Vivís de manera que pudierais asegurar que nada poseéis, y aún tendríais a gran dicha el ser verdaderos propietarios de la mitad de vuestros bienes, de vuestros hijos y hasta de vuestra propia existencia. ¿De qué provendrá esta calamidad, este estrago, esta ruina? ¿Acaso de los enemigos? No por cierto: pero sí proviene del enemigo, de aquel Uno que vosotros engrandecéis, de aquel por quien os sacrificáis tan valerosamente en la guerra, ofreciendo vuestros pechos a la muerte para conservarle en su tiranía. Este poderoso que os avasalla, este tirano que os oprime, sólo tiene dos ojos, dos manos, un cuerpo, ni más ni menos que el hombre más insignificante de vuestras ciudades. Si en algo os aventaja es en el poder que le habéis consentido de destruirnos. ¿De dónde adquiriera él tantos ojos para acecharos si vosotros no se los facilitaseis? ¿Cómo tuviera tantas manos para subyugaros si no las tomara de entre vosotros? ¿Con qué pies hoyará vuestras ciudades sino con los vuestros? ¿Cómo ejerciere el despotismo sobre vosotros sino mediante vosotros? ¿Cómo se atrevería a perseguiros si no estuviera de acuerdo con vosotros? ¿Qué mal pudiera haceros a no constituiros en encubridores de sus rapiñas, cómplices del asesino que os mata y traidores a vosotros mismos? Sembráis, y si recoge el fruto de vuestros sudores; adornáis las habitaciones, y él dispone de vuestros muebles; educáis hijas honestas y tímidas, y si las sacrifica a su lujuria; alimentáis a vuestros hijos y si os los arrebata para llevárselos a sus guerras y conducirles al matadero después de haber servido a sus antojos y ejecutado sus venganzas: vosotros sufrís todo el peso del trabajo, y si a costa de vuestros afanes nada entre infames delicias y viles placeres; vosotros os debilitáis mientras él se robustece para mejor oprimiros. Y cuando para libraros de tanta infamia, que hasta los animales se avergonzaran de sufrirla a ser capaces de conocerla, os basta no sólo con intentar libraros de él, sino con querer hacerlo ¿permanecéis no obstante indiferentes y fríos espectadores de vuestra deshonra?

Resolveos a no ser esclavos y seréis libres. No se necesita para esto pulverizar el ídolo, será suficiente no querer adorarlo; el coloso se desploma y queda hecho pedazos por su propio peso, cuando la base en que se sostenía llega a faltarle.


Puedes descargar el ensayo completo "Sobre la servidumbre voluntaria" de Étienne La Boétie en (formato .pdf) o (para tu dispositivo móvil)

jueves, 2 de junio de 2011

antes que súbditos tenemos que ser hombres...

"Desobediencia Civil" (fragmento).

PARA HABLAR EN FORMA PRÁCTICA y como ciudadano, a diferencia de aquellos que se llaman “antigobiernistas”, yo pido, no como “antigobiernista” sino como ciudadano, y de inmediato, un mejor gobierno. Permítasele a cada individuo dar a conocer el tipo de gobierno que lo impulsaría a respetarlo y eso ya sería un paso ganado para obtener ese respeto.  Después de todo, la razón práctica por la cual, una vez que el poder está en manos del pueblo, se le permite a una mayoría, y por un período largo de tiempo, regir, no es porque esa mayoría esté tal vez en lo correcto, ni porque le parezca justo a la minoría, sino porque físicamente son los más fuertes.



Pero un gobierno en el que la mayoría rige en todos los casos no se puede basar en la justicia, aún en cuanto ésta es entendida por los hombres. ¿No puede haber un gobierno en el que las mayorías no decidan de manera virtual lo correcto y lo incorrecto sino a conciencia?, ¿en el que las mayorías decidan sólo los problemas para los cuales la regulación de la conveniencia sea aplicable? ¿Tiene el ciudadano en algún momento, o en últimas, que entregarle su conciencia al legislador? ¿Para qué entonces la conciencia individual? Creo que antes que súbditos tenemos que ser hombres. No es deseable cultivar respeto por la ley más de por lo que es correcto. La única obligación a la que tengo derecho de asumir es a la de hacer siempre lo que creo correcto. Se dice muchas veces, y es cierto, que una corporación no tiene conciencia; pero una corporación de personas conscientes es una corporación con conciencia. La ley nunca hizo al hombre un ápice más justo, y a causa del respeto por ella, aún el hombre bien dispuesto se convierte a diario en el agente de la injusticia. Resultado corriente y natural de un indebido respeto por la ley es el ver filas de soldados, coronel, capitán, sargento, polvoreros, etc., marchando en formación admirable sobre colinas y cañadas rumbo a la guerra, contra su voluntad, ¡alás!, contra su sentido común y sus conciencias, lo que hace la marcha más ardua y produce un pálpito en el corazón.  No les cabe duda de que la tarea por cumplir es infame; todos están inclinados hacia la paz. ¿Pero, qué son? ¿Son hombres acaso? ¿O pequeños fuertes y polvorines al servicio de algún inescrupuloso que detenta el poder? Visiten un patio de la Armada y observen un marino, el hombre que el gobierno americano puede hacer, o mejor en lo que lo puede convertir con sus artes nigrománticas – una mera sombra y reminiscencia de humanidad, un desarraigado puesto de lado y firmes, y, se diría, enterrado ya bajo las armas con acompañamiento fúnebre... aunque puede ser que 
“No se oyó ni un tambor,
ni la salva de adiós escuchamos,
cuando el cuerpo del héroe y su honor
en la tumba en silencio enterramos”
La masa de hombres sirve pues al Estado, no como hombres sino como máquinas, con sus cuerpos. Son el ejército erguido, la milicia, los carceleros, los alguaciles, posse comitatus,  etc. En la mayoría de los casos no hay ningún ejercicio libre en su juicio o en su sentido moral; ellos mismos se ponen a voluntad al nivel de la madera, la tierra, las piedras; y los hombres de madera pueden tal vez ser diseñados para que sirvan bien a un propósito. Tales hombres no merecen más respeto que el hombre de paja o un bulto de tierra. Valen lo mismo que los caballos y los perros. Aunque aún en esta condición, por lo general son estimados como buenos ciudadanos.


Otros – como la mayoría de los legisladores, los políticos, abogados, clérigos y oficinistas – sirven al Estado con la cabeza, y como rara vez hacen distinciones morales, están dispuestos, sin proponérselo, a ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. Unos pocos, como héroes, patriotas, mártires, reformadores en el gran sentido, y hombres – sirven al Estado a conciencia, y en general le oponen resistencia. Casi siempre son tratados como enemigos. El hombre sabio será útil sólo como hombre, y no aceptará ser “arcilla” o “abrir un hueco para escapar del viento”, sino que dejará ese oficio a sus cenizas. 
“Soy nacido muy alto para ser convertido en propiedad,
para ser segundo en el control
o útil servidor e instrumento
de ningún Estado soberano del mundo”

martes, 12 de abril de 2011

La noche de los cincuenta libros (fragmento)

ANDABA YA EN LOS ALBORES DE LA ADOLESCENCIA, un vello híspido y tupido me goteaba en los sobacos, cuando reflexioné:

—”Los hombres me aborrecen, me temen o se apartan con repugnancia de mi lado. Pues bien, ¡me apartaré definitivamente de ellos y no tendrán punto de reposo!” Hice mi plan.

“Me encerraré entre los murallones de una fortaleza que levantaré con mis propias manos en el corazón de la montaña. Me serviré por mí mismo. Ni un criado, ni un amigo, ni un simple visitante, ¡nadie! Sembraré y cultivaré aquello que haya de comer y haré venir hasta mis dominios el agua que haya de beber. Ni un festín, ni una tertulia, ni un paréntesis, ¡nada! Y escribiré libros. Libros que paralizarán de terror a los hombres que tanto me odian; que les menguarán el apetito; que les espantarán el sueño; que trastornarán sus facultades y les emponzoñarán la sangre. Libros que expondrán con precisión inigualable lo grotesco de la muerte, lo execrable de la enfermedad, lo risible de la religión, lo mugroso de la familia y lo nauseabundo del amor, de la piedad, del patriotismo y de cualquiera otra fe o mito. Libros, en fin, que estrangulen las conciencias, que aniquilen la salud, que sepulten los principios y trituren las virtudes. Exaltaré la lujuria, el satanismo, la herejía, el vandalismo, la gula, el sacrilegio: todos los excesos y las obsesiones más sombrías, los vicios más abyectos, las aberraciones más tortuosas… Nutriré a los hombres de morfina, peste y hedor. Mas no conforme con eso, daré vida a los objetos, devolveré la razón a los muertos, y haré bullir en torno a los vivos una heterogénea muchedumbre de monstruos, carroñas e incongruencias: niños idiotas, con las cabezas como sandías; vírgenes desdentadas y sin cabello; paralíticos vesánicos, con los falos de piedra; hermafroditas cubiertos de fístulas y tumores; mutilados de uniforme, con las arterias enredadas en los galones; sexagenarias encinta, con las ubres sanguinolentas; perros biliosos y castrados; esqueletos que sangran; vaginas que ululan; fetos que muerden; planetas que estallan; íncubos que devoran; campanas que fenecen; sepulcros que gimen en la claridad helada de la noche…Vaciaré en las gargantas de los hombres el pus de los leprosos, el excremento de los tifosos, el esputo de los tísicos, el semen de los contaminados y la sangre de las poseídas. Haré del mundo un antro fantasmal e irrespirable. Volveré histérica a cuanta criatura se agita.”

Y así lo hice.

Cada año, con una fecundidad que a mí mismo me aterra, lanzo desde mi guarida un libro más terrífico y letal: un libro cuyas páginas retumban en la soledad como estampidos de cañón o descienden sobre las ciudades con la timidez hipócrita de la nieve. Y son de tal suerte compactos sus copos, son mis creaciones a tal grado geniales, que he logrado ahuyentar de estos rumbos a las fieras; he espantado a las aves, a los insectos y a los peces; al Sol y a la Luna; al calor y al frío. Donde yo habito no hay estaciones y la Naturaleza es un limbo. El agua no moja; la llama no quema; el ruido no se percibe; la electricidad no alumbra. De noche todo es negro, impenetrable, pero yo veo. De día todo es blanco, lechoso, intangible. Son los dos únicos colores que restan por estas comarcas. Diríase que una monumental fotografía me rodea.

Y escribo, escribo sin cesar a todas horas, aunque ya soy viejo. Escribí así durante cincuenta años. ¡Cincuenta libros, pues, pesan sobre las costillas de los hombres! Y presiento a estos histéricos, histéricos incurables: los veo desplumar a las aves; mutilar sus propios miembros; orinar a sus mujeres; extraviarse en la noche enorme…

Y es tal mi avidez que, cuando me sobran fuerzas, trepo por la vertiente de esta montaña mía hasta la última roca desnuda, y, desde allí, más que como un titán o un profeta barbudo, como un dios todopoderoso y escuálido, lanzo al espacio la palabra maldita:

—¡Histéricoooos!

La fotografía no cambia. Pero los semblantes de los hombres sí, lo adivino.

Esta noche he concluido mi última obra. Digo mi última, porque ya no escribiré más. Me siento enfermo, vacío; con el cerebro tan yermo como una esponja o una piedra. Por otra parte, me estoy quedando ciego; ciego a fuerza de trabajar en esta obscuridad insondable. Ya no distingo los contornos de las cosas: apenas su volumen. De ahí que confunda fácilmente un árbol con una mesa y una mesa con un vientre. ¡No, no escribiré más! Pronto seré un vestigio, y no conviene que la Humanidad se percate de ello. Conviene, más bien, que el tirano se exilie fuerte, que desaparezca hecho un coloso, que se retire con la majestad del Sol que desciende por entre los riscos…

He concluido mi última obra hace unos instantes, unos breves segundos. He escrito: FIN. Y he doblado las cuartillas precipitadamente, jadeante por el insomnio, aturdido por el abuso mental, sudoroso y febril, garabateando con dolor sobre ellas un jeroglífico indescifrable que viene a ser mi epitafio: FIN. FIN. FIN DE TODO...

De la noche.

viernes, 21 de enero de 2011

Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias

Paul Delvaux; El espejo (Óleo sobre lienzo, 1936).
Y es que las preguntas verdaderamente serias son aquéllas que pueden ser formuladas hasta por un niño. Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias. Son preguntas que no tienen respuesta. Una pregunta que no tiene respuesta es una barrera que no puede atravesarse. Dicho de otro modo: precisamente las preguntas que no tienen respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano, son las que trazan las fronteras de la existencia del hombre.

La insoportable levedad del ser
Milán Kundera.
(Descarga el libro en formato .pdf)

lunes, 27 de diciembre de 2010

Eso me gustaba mucho...

NOS AGACHAMOS Y EMPEZAMOS A TRABAJAR. Era hermoso. Había tiendas esparcidas por el campo, y pasadas éstas, los morenos algodonales se extendían hasta donde alcanzaba la vista llegando a las pardas estribaciones surcadas por arroyos tras las que se destacaban en el aire azul de la mañana las sierras coronadas de nieve. Aquello era mucho mejor que lavar platos en South Main Street. Pero yo lo desconocía todo sobre la recogida del algodón. Empleaba demasiado tiempo desprendiendo las bolas blancas de sus crujientes bases; los otros lo hacían de un solo toque. Además, empezaron a sangrarme las yemas de los dedos; necesitaba guantes o más experiencia. En el campo también estaba una pareja de negros muy viejos. Recogían el algodón con la misma bendita paciencia con que sus abuelos lo hacían en Alabama antes de la guerra civil; se movían con seguridad a lo largo de sus hileras, agachados y activos, y sus sacos se llenaban. Empezó a dolerme la espalda. Pero era hermoso arrodillarse y esconderse en la tierra. Si quería descansar podía hacerlo con mi cara pegada a la húmeda tierra oscura. Los pájaros cantaban acompañándonos.
Foto tomada debuscandoenmiarmario
Creí que había encontrado el trabajo de mi vida. Johnny y Terry llegaron saludándome con la mano a través del campo bajo el intenso calor del mediodía y se pusieron a trabajar conmigo. ¡Maldita sea! ¡Hasta Johnny lo hacía mucho más de prisa que yo...! y, por supuesto, Terry era dos veces más rápida. Trabajaban delante de mí y dejaban montones de algodón limpio para que lo metiera en el saco: los montones de Terry eran de trabajador avezado, los de Johnny menudos montones infantiles. Yo apenado los metía en el saco. ¿Qué tipo de hombre era que ni siquiera podía mantenerme, y mucho menos mantener a los míos? Pasaron la tarde entera conmigo. Cuando el sol enrojeció regresamos juntos. En un extremo del campo descargué mi saco en una balanza; pesaba veinte kilos y me dieron dólar y medio. Luego, en la bicicleta que me prestó uno de los okies fui hasta una tienda de la autopista 99 donde compré latas de espaguettis preparados y albondiguillas, pan, mantequilla, café y un pastel, y volví con la bolsa sobre el manillar. El tráfico zumbaba en dirección a LA los que iban a Frisco me acosaban por detrás. Maldecía y maldecía sin parar. Miré el cielo oscuro y le pedí a Dios mejores oportunidades en la vida y más suerte para ayudar a los que quería. Nadie me hacía el menor caso. Fue Terry la que me reanimó; calentó la comida en el hornillo de la tienda y fue una de las mejores comidas de toda mi vida, así estaba de hambriento y cansado. Suspirando como un viejo negro recogedor de algodón, me tumbé en la cama y fumé un pitillo. Los perros ladraban en la noche fría. Rickey y Ponzo habían dejado de visitarnos por la noche. Era muy de agradecer. Terry se acurrucaba junto a mí, Johnny se sentaba apoyado en mi pecho, y ambos dibujaban animales en mi cuaderno de notas. La luz de nuestra tienda brillaba en la temible llanura. La música vaquera sonaba en el parador y recorría los campos, toda tristeza. Eso me gustaba mucho. Besé a Terry y apagamos la luz.

"En el camino", Jack Kerouac.
(Descarga "En el camino" en formato pdf).

jueves, 28 de octubre de 2010

Qué es el surrealismo...

INDICA MUY MALA FE discutirnos el derecho a emplear la palabra SURREALISMO, en el sentido particular que nosotros le damos, ya que nadie puede dudar que esta palabra no tuvo fortuna, antes de que nosotros nos sirviéramos de ella. Voy a definirla, de una vez para siempre:

SURREALISMO: sustantivo, masculino. Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.

ENCICLOPEDIA, Filosofía: el surrealismo se basa en la creencia en la realidad superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la aparición del mismo, y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos, y a sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida.

Primer manifiesto surrealista, Andre Breton.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

No hemos de estar contra las piedras...

Tomada dehttp://www.panoramio.com/photo/12662605
La aceptación materialista de la vida apenas admite definiciones literarias. Las peores obras del realismo están llenas de esos seres bajamente pasivos, a quienes la vida contenta por la sensación. No se los confunda con las viciosos, no; porque éstos pertenecen a la categoría de los protestantes, de los que transforman la materia. La aceptación materialista de la vida tampoco se habrá de confundir con la materia misma. La materia en si es cosa grande, y –observa William James- hay operaciones de la materia que valen por muchas del espíritu: una sola chispa eléctrica es ya mejor que varios discursos de un imbécil. No hemos de estar contra las piedras, que son cosa noble y sencilla, sino contra los cerebros que se petrifican. Pero si una piedra quisiera pensar por su cuenta, ¿tendríamos la obligación natural de hacerla callar, de apedrearla? Lo dudo. Los hombres se han arrodillado siempre junto a las piedras que hablan, y aún podemos creer que tal es el origen de las ciudades, ahora vagamente recordado por las estatuas ecuestres de los héroes. Los niños, en quienes el sentido del mundo es más puro que entre los adultos, no se equivocan en esto, como en muchas otras apreciaciones vitales, y siempre se han parado extáticos y adorantes, ante las fuerzas que se superan, ante el pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de siete colores que sube al cielo.

"El Suicida" (descargar texto completo en formato .pdf)
Alfonso Reyes.

Escucha el capitulo que el podscast "Ráfagas de Pensamiento" le dedicó a este texto haciendo click aquí  (comentado por el Dr. Ernesto Priani Saisó).

jueves, 8 de julio de 2010

Un encuentro con Mezcalito

MIS MANOS SE HALLABAN HÚMEDAS y mi estómago se contraía. El frasco con los botones de peyote estaba en el piso junto a la silla. Me agaché, tomé al azar un botón y lo puse en mi boca. Tenía un sabor rancio. Lo partí en dos con los dientes y empecé a mascar uno de los trozo. Sentí un amargor fuerte, acerbo; en un momento toda mi boca quedó adormecida. El amargor crecía conforme yo mascaba, provocando un increíble fluir de saliva. Sentía las encías y el interior de la boca como si hubiera comido carne o pescado salados y secos, que parecen forzar a masticar más. Tras un rato masqué el otro pedazo; mi boca estaba tan entumecida que ya no pude sentir el amargor. El botón de peyote era un haz de hebras, como la parte fibrosa de una naranja o como caña de azúcar, y yo no sabía si tragarlo o escupirlo. En ese momento, el dueño de la casa se puso en pie e invitó a todos a salir al zaguán.

Salimos y nos sentamos en la oscuridad. Afuera se estaba bastante cómodo, y el anfitrión sacó una botella de tequila.
Los hombres se hallaban sentados en fila con la espalda contra la pared. Yo ocupaba el extremo derecho de la línea. Don Juan, instalado junto a mí, puso entre mis piernas el frasco con los botones de peyote. Luego me pasó la botella, que circulaba a lo largo de la línea, y me dijo que tomara algo de tequila para quitarme el sabor amargo.
Escupí las hebras del primer botón y tomé un sorbo. Me dijo que no lo tragara, que sólo me enjuagara la boca para detener la saliva. No sirvió de gran cosa para la saliva, pero sí ayudó a disipar un poco el sabor amargo.

Don Juan me dio un trozo de albaricoque seco, o quizá era un higo seco -no podía verlo en la oscuridad, ni percibir el sabor- y me dijo que lo mascara detenida y lentamente, sin prisas. Tuve dificultad para tragarlo; parecía que no quisiera bajar.

Tras una pausa corta la botella dio otra vuelta. Don Juan me entregó un pedazo de carne seca, quebradiza.

Le dije que no tenía ganas de comer.

-Esto no es comer -dijo con firmeza.

El ciclo se repitió seis veces. Recuerdo que había mascado seis botones de peyote cuando la conversación se puso muy animada; aunque yo no lograba distinguir qué idioma se estaba hablando, el tema de la conversación, en la que todo mundo participaba, era muy interesante, y procuré escuchar con cuidado para poder intervenir. Pero al hacer el intento de hablar me di cuenta de que no podía; las palabras se desplazaban sin objeto en mi mente.

Reclinando la espalda contra la pared, escuché lo que decían los hombres. Hablaban en italiano y repetían continuamente una frase sobre la estupidez de los tiburones. El tema me pareció lógico y coherente. Yo había dicho antes a don Juan que los primeros españoles llamaron al río Colorado, en Arizona, "el río de los tizones", y alguien escribió o leyó mal "tizones" y el río se llamó "de los tiburones". Me hallaba seguro de que discutían esa anécdota, pero nunca se me ocurrió pensar que ninguno de ellos sabía italiano.

Tenía un deseo muy fuerte de vomitar, pero no recuerdo el acto en sí. Pregunté si alguien me traería un vaso de agua. Experimenté una sed insoportable.

Don Juan trajo una cacerola grande. La puso en el suelo junto a la pared. También trajo una taza o lata pequeña. La llenó en la cacerola y me la dio, y dijo que yo no podía beber: sólo debía refrescarme la boca.

El agua parecía extrañamente brillante, reluciente, como barniz espeso, Quise preguntarle de ello a don Juan y laboriosamente traté de formular mis pensamientos en inglés, pero entonces tomé conciencia de que él no sabía inglés. Experimenté un momento muy confuso y advertí el hecho de que, aun habiendo en mi mente un pensamiento muy claro, no podía hablar. Quería comentar la extraña apariencia del agua, pero lo que sobrevino no fue habla; fue sentir que mis pensamientos no dichos salían de mi boca en una especie de forma líquida. Era la sensación de vomitar sin esfuerzo, sin contracciones del diafragma. Era un fluir agradable de palabras líquidas.

Bebí. Y la impresión de que estaba vomitando desapareció. Para entonces todos los ruidos se habían desvanecido y hallé que me costaba trabajo enfocar las cosas. Busqué a don Juan y al volver la cabeza noté que mi campo de visión se había reducido a una zona circular frente a mis ojos. Esta sensación no me atemorizaba ni me inquietaba; al contrario, era una novedad: me era posible barrer literalmente el terreno enfocando un sitio y luego moviendo despacio la cabeza en cualquier dirección. Al salir al zaguán había advertido que todo estaba oscuro, excepto el brillo distante de las luces de la ciudad. Pero dentro del área circular de; ni visión todo era claro. Olvidé mi interés en don Juan y los otros hombres, y me entregué por entero a explorar el terreno con un enfoque absolutamente preciso.

Vi la juntura de la pared y el piso del zaguán. Lentamente volví la cabeza a la derecha, siguiendo el muro, y vi a don Juan sentado contra él. Moví la cabeza a la izquierda para enfocar el agua. Hallé el fondo de la cacerola; alcé ligeramente la cabeza y vi acercarse un perro negro de tamaño mediano. Lo vi venir hacia el agua. El perro empezó a beber. Alcé la mano para apartarlo de mi agua; enfoqué en él mi visión concentrada para llevar a cabo el movimiento de empujarlo, y de pronto lo vi transparentarse. El agua era un líquido reluciente, viscoso. La vi bajar por la garganta del perro al interior de su cuerpo. La vi correr pareja a todo lo largo del animal y luego brotar por cada uno de los pelos. Vi el fluido iridiscente viajar a lo largo de cada pelo individual y proyectarse más allá de la pelambre para formar una melena larga, blanca, sedosa.

En ese momento tuve la sensación de unas convulsiones intensas, y en cosa de instantes un túnel. se formó a mi alrededor, muy bajo y estrecho, duro y extrañamente frío. Parecía al tacto una pared de papel aluminio sólido. Me encontré sentado en el piso del túnel. Traté de levantarme, pero me golpeé la cabeza en el techo de metal, y el túnel se comprimió hasta empezar a sofocarme. Recuerdo haber tenido que reptar hacia una especie de punto redondo donde terminaba el túnel; cuando por fin llegué, si es que llegué, me había olvidado por completo del perro, de don Juan y de mí mismo. Me hallaba exhausto. Mis ropas estaban empapadas en un líquido frío, pegajoso. Rodé en una y en otra dirección tratando de encontrar una postura en la cual descansar, una postura en que mi corazón no golpeara tan fuerte. En una de esas vueltas vi de nuevo al perro.

Los recuerdos regresaron en el acto, y de improviso todo estuvo claro en mi mente. Me volví en busca de don Juan, pero no pude distinguir nada ni a nadie. Todo cuanto podía ver era al perro, que se volvía iridiscente; una luz intensa irradiaba de su cuerpo. Vi otra vez el flujo del agua atravesarlo, encenderlo como una hoguera. Me llegué al agua, hundí el rostro en la cacerola y bebí con él. Tenía yo las manos en el suelo frente a mí, y al beber veía el fluido correr por mis venas produciendo matices de rojo y amarillo y verde. Bebí más y más. Bebí hasta hallarme todo en llamas; resplandecía de pies a cabeza. Bebí hasta que el fluido salió de mi cuerpo a través de cada poro y se proyectó al exterior en fibras como de seda, y también yo adquirí una melena larga, lustrosa, iridiscente. Miré al perro y su melena era como la mía. Una felicidad suprema llenó mi cuerpo, y corrimos juntos hacia una especie de tibieza amarilla procedente de algún lugar indefinido. Y allí jugamos. Jugamos y forcejeamos hasta que yo supe sus deseos y él supo los míos. Nos turnábamos para manipularnos mutuamente, al estilo de una función de marionetas. Torciendo los dedos de los pies, yo podía hacerle mover las patas, y cada vez que él cabeceaba yo sentía un impulso irresistible de saltar. Pero su mayor travesura consistía en agitar las orejas de un lado a otro para que yo, sentado, me rascara la cabeza con el pie. Aquella acción me parecía total e insoportablemente cómica. ¡Qué toque de ironía y de gracia, qué maestría!, pensaba yo. Me poseía una euforia indescriptible. Reí hasta que casi me fue imposible respirar.

Tuve la clara sensación de no poder abrir los ojos; me encontraba mirando a través de un tanque de agua. Fue un estado largo y muy doloroso, lleno de la angustia de no poder despertar y de a la vez, estar despierto. Luego; lentamente, el inundo se aclaró y entró en foco. Mi campo de visión se hizo de nuevo muy redondo y amplio, y con ello sobrevino un acto consciente ordinario, que fue volver la vista en busca de aquel ser maravilloso. En este punto empezó la transición más difícil. La salida de mi estado normal había sucedido casi sin que yo me diera cuenta: estaba consciente, mis pensamientos y sentimientos eran un corolario de esa conciencia, y el paso fue suave y claro. Pero este segundo cambio, el despertar a la conciencia seria, sobria, fue genuinamente violento. ¡Había olvidado que era un hombre! La tristeza de tal situación irreconciliable fue tan intensa que lloré.

Carlos Castaneda, "Las enseñanzas de Don Juan".

lunes, 28 de junio de 2010

...a pesar de todo, nunca me he sentido mejor y más tranquilo y más feliz...

DESPUÉS DE MI ÚLTIMA PARTIDA DE FRISCO, Dean se había vuelto loco de nuevo por Marylou y pasó meses acechando su apartamento en Divisadero, donde todas las nochesrecibía a un marinero distinto y él atisbaba por la ranura del correo y veía la cama. Por las mañanas veía a Marylou toda abierta de piernas con un tipo al lado o encima. Necesitaba pruebas absolutas de que era una puta. La amaba, estaba loco por ella. Finalmente, consiguió algo de mandanga verde, como se llama entre los entendidos(verde, es decir, marihuana sin curar). Llegó a sus manos por casualidad y fumó demasiado.

—El primer día —me dijo—, quedé rígido como una tabla encima de la cama y no me podía mover ni hablar; sólo podía mirar al vacío con los ojos muy abiertos. La cabeza me zumbaba y veía todo tipo de cosas en un tecnicolor maravilloso y me sentía de puta madre. El segundo día vino todo a mí, TODO lo que había hecho o conocido o leído u oído o pensado volvió a mí y se fue reordenando en mi cabeza con una lógica nueva y como no podía pensar en nada debido a mi preocupación interior por retener y alimentar el asombro y gratitud que sentía, decía sin parar: «Sí, sí, sí, sí». No muy alto. Sólo era un «Sí» auténtico, tranquilo; y estas visiones de la tila verde duraron hasta el tercer día. Por entonces ya lo había comprendido todo, mi vida entera estaba decidida, sabia que amaba a Marylou, sabía que tenía que encontrar a mi padre estuviera donde estuviera y salvarle, sabía que eras mi mejor amigo, etcétera. Sabía que Carlo es algo grande. Sabía miles de cosas respecto a todo y todos.
En esto, el tercer día, empecé atener una terrible serie de pesadillas y eran tan absolutamente terribles y pavorosas y verdes que lo único que podía hacer era estar doblado con las manos en las rodillas diciendo: «¡Oh, oh, oh, ah, oh!»... Los vecinos me oyeron y llamaron a un médico. Camille estaba fuera con la niña, había ido a visitar a su familia. Todo el vecindario intervino. Entraron y me encontraron en la cama con los brazos estirados y tiesos. Corría ver a Marylou con parte de esa tila. Bueno, Sal, pues a ella le ocurrió lo mismo; tuvo las mismas visiones, desarrolló la misma lógica, tomó una decisión definitiva idéntica con relación a todo, la misma visión de todas las verdades en un idéntico conjunto doloroso que provocaba pesadillas y dolor. Entonces me di cuenta de que la quería tanto que necesitaba matarla. Volví a casa y me pegué cabezazos contra las paredes. Fui a vera Ed Dunkel; está de vuelta en Frisco con Galatea; le pregunté por un tipo que conocemos que tiene una pistola, fui a ver al tipo, cogí la pistola, y volví a casa de Marylou. Miré por la ranura del correo y vi que estaba acostada con un tipo; me retiré vacilando y volví una hora después. Entré sin llamar ni nada y estaba sola... y le di la pistola y le dije que me matara. Tuvo el arma en la mano mucho tiempo. Le supliqué que hiciéramos un dulce pacto de muerte. Ella no quiso. Le dije que uno de los dos tenía que morir. Dijo que no. Me golpeé la cabeza contra la pared. Tío, estaba fuera de mí.
Me hizo desistir de ello... te lo puede contar ella misma.
—¿Y qué pasó después?
—Eso fue hace meses... después de que te fueras. Acabó casándose con un vendedor de coches usados, un hijo de puta que ha prometido matarme en cuanto me vea, pero si es necesario y para defenderme me lo cargaré yo a él e iré a San Quintín, Sal, porque en cuanto cometa cualquier otro delito iré a San Quintín para toda la vida... será mi final. A pesar de mi mano y todo. —Me enseñó la mano. Con la excitación no me había fijado que su mano había sufrido un terrible accidente—. Golpeé a Marylou en la sien el veintiséis de febrero a las seis en punto de la tarde... de hecho, eran las seis y diez, lo recuerdo porque tuve que despachar mi trabajo en una hora y veinte minutos...Fue la última vez que nos vimos y la última vez que lo decidimos todo; y ahora escucha esto: el golpe no alcanzó de lleno a Marylou porque ella hizo una finta. No le hizo el menor daño y hasta se rió. Pero mi puño había pegado en la pared y se me fracturó el pulgar, y un médico horrible me arregló los huesos, cosa difícil porque tenía tres fracturas diferentes. Fueron veintitrés horas de sentarse en bancos duros esperando y todo eso, y por fin al escayolarme se me clavó en el dedo una aguja de tracción y por eso en abril, cuando me quitaron la escayola, tenía infectado el hueso y se había producido una osteomielitis que se convirtió en crónica, y tras una operación que fracasó y un mes escayolado de nuevo, tuvieron que amputarme un maldito trozo de la punta del dedo.
Se quitó las vendas y me lo enseñó. Faltaba algo más de un centímetro de carne debajo de la uña.


—Las cosas fueron de mal en peor. Tenía que mantener a Camille y Amy y tenía que trabajar lo más de prisa que podía en Firestone como moldeador, arreglando neumáticos y después levantándolos, y pesaban unos veinticinco kilos, desde el suelo a los coches, y sólo podía utilizar mi mano sana y me golpeaba sin parar la enferma. Total, que se produjo una nueva fractura y tuvieron que arreglarme los huesos de nuevo, y todo se ha infectado otra vez. Así que ahora yo cuido de la niña mientras Camilla trabaja. Y así están las cosas. Soy un tipo de primera, un Moriarty genial al que su mujer tiene que ponerle todo los días inyecciones de penicilina que me producen urticaria, porque soy alérgico. Tengo que ponerme sesenta mil unidades del invento de Fleming cada mes y tomar una tableta cada cuatro horas para combatir la alergia que me producen. También tengo que tomar aspirina con codeina para aliviarme el dolor del pulgar. También tengo que ser intervenido quirúrgicamente debido a un quiste de una pierna. El lunes tengo que levantarme a la seis de la mañana para que me hagan una limpieza de la boca. Encima, tengo que ver a un pedicuro dos veces a la semana. Tengo que tomar jarabe para la tos todas las noches. Tengo que sonarme y sorberme los mocossin parar para despejarme la nariz que se ha hundido justo debajo del puente en un sitio debilitado por una operación que me hicieron hace años. He perdido el pulgar de mí mejor brazo. El mejor lanzador de la historia del reformatorio estatal de Nuevo México. Y a pesar de todo... a pesar de todo, nunca me he sentido mejor y más tranquilo y más feliz en mi vida que ahora...

"En el camino", Jack Kerouac.
(Descarga "En el camino" en formato pdf).


viernes, 7 de mayo de 2010

El minuto más arrogante y falaz

EN ALGÚN APARTADO RINCÓN DEL UNIVERSO vertido centelleantemente en innumerables sistemas solares, hubo una vez una estrella en la que unos animales inteligentes descubrieron el conocimiento. Fue el minuto más arrogante y más falaz de la "historia universal": de todos modos sólo fue un minuto. Tras unas pocas aspiraciones de la naturaleza, la estrella se enfrió y los animales inteligentes tuvieron que morir. Alguien podría inventar una fábula similar y, sin embargo, no habría demostrado de un modo satisfactorio hasta qué punto el intelecto humano constituye, en la naturaleza, una excepción lamentable, vaga, fugitiva, inútil y arbitraria. Hubo eternidades en las que él no existía; si vuelve a desaparecer no habrá pasado nada. En efecto, el intelecto en cuestión no tiene otra misión más amplia que trascienda la vida humana. Es simplemente humano y sólo su poseedor y su productor se lo toman tan patéticamente como si los goznes del mundo giraran sobre él. 
Ahora bien, si pudiéramos ponernos de acuerdo con los mosquitos, veríamos que también ellos se mueven por el aire con el mismo 'pathos' y que perciben en sí mismos el centro volante de este mundo. En la naturaleza nada es tan rechazable e insignificante que, mediante un pequeño hálito de esta fuerza del conocer, no se hinche como odre. Y así como cualquier mozo de cuerda quiere tener su administrador, así el hombre más orgulloso, el filósofo, cree que desde todas las partes los ojos del universo observan telescópicamente su acción y su pensamiento.

Friedrich Nietzsche; 
Libro del filósofo, 'La verdad y la mentira en el sentido extramoral'
(Descarga el libro en formato .pdf)

miércoles, 21 de abril de 2010

El último capítulo de Neal Cassady

CONOCÍ A NEAL C*, el chico de Kerouac, poco antes de que bajase a tenderse junto a aquella vía de ferrocarril mexicana para morir. los ojos se clavaban en ti como palillos de dientes y Neal con la cabeza junto al altavoz, se movía, saltaba, miraba insinuante, con su camiseta blanca de manga corta y cantaba como un cuco al compás de la música, precediéndola justo un pelo, como si fuese él quien dirigiera el espectáculo. yo, sentado con mi cerveza, le miraba. ya me había liquidado un paquete o dos de seis botellas. Bryan estaba dando instrucciones y material a dos chavales que iban a cubrir aquel espectáculo que siempre prohibían. en fin, no sé exactamente qué pasaba con aquel espectáculo del poeta de San Francisco, cuyo nombre ya no recuerdo. pues bien, nadie se fijaba en Neal C y a Neal C no le preocupaba, o eso hacía ver. cuando la canción acabó, se fueron los dos chavales y Bryan me presentó al fabuloso Neal C.


* Neal C: Neal Cassady, personaje legendario que tuvo gran influencia sobre Kerouac, Ginsberg y el movimiento beatnik. Es el «Dean Moriarty» de "En el camino "de Kerouac. Aparece también, entre otros muchos libros, en Acid test de Tom Wolfe.

 
—¿una cerveza? —le pregunté.
Neal echó mano a una botella, la tiró al aire, la agarró, quitó el tapón y vació el medio cuarto de dos largos tragos.
—toma otra.
—vale.
—yo me consideraba bueno con la cerveza.
—yo soy el muchacho duro de la cárcel. he leído cosas tuyas.
—yo también leí cosas tuyas. aquello de que salías por la ventana del baño y te escondías desnudo entre los matorrales. buen material.
—oh sí.
seguía dándole a la cerveza. nunca se sentaba. no hacía más que moverse por allí. estaba un poco aturdido por la acción, el relámpago eterno, pero no había odio alguno en él. te agradaba aunque no
quisieras, porque Kerouac le había preparado para la admiración de los masones y Neal había picado, seguía picando. pero en fin, Neal era pistonudo y uno podía pensar además que Jack sólo había escrito el libro, él no era la madre de Neal. sólo su destructor, deliberado o no.
Neal bailaba por el local en la Subida Eterna. la cara parecía vieja, dolorida, todo eso. pero su cuerpo era el cuerpo de un muchacho de dieciocho.
—¿quieres probar con él, Bukowski? —preguntó Bryan.
—sí, ¿quieres venir, muchacho? —me preguntó él.
tampoco ahora había odio. sólo seguir el juego.
—no, gracias. en agosto cumpliré cuarenta y ocho. ya no estoy para esos trotes.no habría podido manejarle.
—¿cuándo viste a Kerouac por última vez? —le pregunté.
creo que dijo que 1962, 1963. en fin, hacía mucho tiempo.
después de darle un rato a la cerveza con Neal, tuve que ir a por más. el trabajo de la oficina estaba casi hecho y Neal paraba en casa de Bryan y Bryan le invitó a cenar. yo dije, «vale», y, como estaba un poco animado, no me di cuenta de lo que iba a pasar. cuando salimos empezaba a caer una lluvia muy fina. de esa que realmente jode la calle. yo aún no sabía. pensé que iba a conducir Bryan, pero se colocó al volante Neal. en fin, pasé atrás. B. montó delante con Neal. y empezó el viaje. por aquellas calles resbaladizas, y cuando parecía que habíamos doblado ya una esquina, Neal decidía girar a la derecha o a la izquierda. pasábamos junto a los coches aparcados con la línea divisoria a sólo un pelo. sólo como un pelo puede describirse. Un leve desvío hacia el otro lado habría sido el final para todos. cuando salíamos del apuro yo siempre decía algo ridículo, como «¡chúpate ésa!» y Bryan se reía y Neal seguía conduciendo, ni ceñudo ni feliz ni sardónico, sólo allí: haciendo los movimientos. comprendí. era necesario. era su plaza de toros, su pista de carreras. era santo y necesario.
lo mejor fue justo al salir de Sunset, rumbo al norte, hacia Carlton. la llovizna era ya más intensa, estropeando al mismo tiempo la visión y las calles. al salir de Sunset, Neal inició su siguiente movimiento, ajedrez a toda pastilla, algo que había que calcular en una décima de segundo. un giro a la izquierda en Carlton nos llevaría a la casa de Bryan. estábamos a una manzana de distancia. había un coche delante y dos aproximándose. podría haber disminuido sin duda la velocidad y seguir después, pero habría perdido su movimiento. Neal no podía hacer eso. pasó al de delante, y yo pensé, ya está, bueno, no importa, da igual en realidad piensas eso, eso pensé yo. Los dos coches casi pegados, el otro tan cerca que su faros inundaban mi asiento trasero. creo que en el último segundo, el otro conductor tocó el freno. esto nos concedió el pelillo. Neal debía haberlo calculado. aquel movimiento. pero el asunto no terminó ahí. íbamos ya a mucha velocidad y el otro coche, que se acercaba lentamente del bulevar Hollywood estaba a punto de impedir el giro a la izquierda en Carlton. siempre recordaré el color de aquel coche. tan cerca llegamos a estar. Una especie de gris-azulado. un coche viejo, cupé, encogido y duro como una especie de ladrillo de acero rodante. Neal se desvió por la izquierda. me pareció que íbamos a embestir al otro coche por el centro. era inevitable. pero, curiosamente, el movimiento del otro coche hacia adelante y nuestro movimiento hacia la izquierda, coordinaron de modo perfecto. de nuevo el pelillo. Neal aparcó el coche y entramos en casa. Joan sacó la cena.
Neal comió todo lo de su plato y la mayor parte de lo del mío. bebimos un poco de vino. Joan tenía un cuidaniños muy inteligente, un joven homosexual, que creo que se ha ido con una banda de rock o se ha matado o algo así. en fin, el caso es que le di un pellizco en el trasero cuando pasaba junto a mí. le encantaba. creo que estuve demasiado tiempo bebiendo y hablando con Cassady. el cuidador de niños no hacía más que hablar de Hemingway, me comparaba más o menos con él, hasta que le dije que se callara y fue al piso de arriba a ver cómo estaba Jason. y unos días después me telefoneó Bryan:

- murió Neal, murió Neal -
- hostias, no -


luego Bryan me explicó algo más del asunto. y nada más.
sí, no había duda. tantos viajes, tantas páginas de Kerouac, tanta cárcel, para morir solo bajo una gélida luna mexicana, solo, ¿comprendes? ¿ves los pequeños cactus miserables? México no es un sitio malo simplemente porque esté oprimido; México es un mal sitio simplemente, ¿ves cómo miran los animales del desierto? las ranas, cornudas y simples, esas serpientes como hendiduras de mentes humanas que reptan, se paran, esperan, mudas bajo una muda luna mexicana, reptiles, rumores de cosas, contemplando a aquel tipo allí en la arena con su camiseta blanca de manga corta. Neal, había encontrado su movimiento, no hacía daño a nadie, el tipo duro de la cárcel, allí tumbado junto a una vía férrea mexicana.
esa única noche que estuve con él le dije:
—Kerouac ha escrito todos tus otros capítulos, yo he escrito ya tu último.
—adelante —dijo él—, escríbelo. punto y aparte.

Charles Bukowski; "Escritos de un viejo indecente".

Escucha el capitulo de la radionovela "On the Road: En el camino de Jack Kerouac" producida por Radio Educación 1060 AM de México, dedicado a Neal Cassady (Descargar en formato .mp3)

También puedes escucharlo en línea:


jueves, 15 de abril de 2010

Un mensaje imperial

EL EMPERADOR —así dicen— te ha enviado a ti, el solitario, el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía, microscópica ante el sol imperial ¡justamente a ti, el Emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte.

Hizo arrodillar al mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído; tan importante le parecía, que se lo hizo repetir. Asintiendo con la cabeza, corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su muerte —todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la gran escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio—, ante todos, ordenó al mensajero que partiera.

El mensajero partió en el acto; un hombre robusto e, incansable; extendiendo primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la multitud; cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. 

Si ante él se abriera el campo libre, como volaría, que pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho; todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios: y después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un palacio: y así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta —pero esto nunca, nunca podría suceder todavía le faltaría cruzar la capital, el centro del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente.

Nadie podría abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas cuando cae la noche.

Fragmento de "La Muralla China y otros relatos"; Franz Kafka.
Escucha el capitulo que el  podscast  "Ráfagas de Pensamiento" le dedicó a este cuento haciendo click aquí (comentado por el Dr. Ernesto Priani Saisó).
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