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lunes, 27 de diciembre de 2010

Eso me gustaba mucho...

NOS AGACHAMOS Y EMPEZAMOS A TRABAJAR. Era hermoso. Había tiendas esparcidas por el campo, y pasadas éstas, los morenos algodonales se extendían hasta donde alcanzaba la vista llegando a las pardas estribaciones surcadas por arroyos tras las que se destacaban en el aire azul de la mañana las sierras coronadas de nieve. Aquello era mucho mejor que lavar platos en South Main Street. Pero yo lo desconocía todo sobre la recogida del algodón. Empleaba demasiado tiempo desprendiendo las bolas blancas de sus crujientes bases; los otros lo hacían de un solo toque. Además, empezaron a sangrarme las yemas de los dedos; necesitaba guantes o más experiencia. En el campo también estaba una pareja de negros muy viejos. Recogían el algodón con la misma bendita paciencia con que sus abuelos lo hacían en Alabama antes de la guerra civil; se movían con seguridad a lo largo de sus hileras, agachados y activos, y sus sacos se llenaban. Empezó a dolerme la espalda. Pero era hermoso arrodillarse y esconderse en la tierra. Si quería descansar podía hacerlo con mi cara pegada a la húmeda tierra oscura. Los pájaros cantaban acompañándonos.
Foto tomada debuscandoenmiarmario
Creí que había encontrado el trabajo de mi vida. Johnny y Terry llegaron saludándome con la mano a través del campo bajo el intenso calor del mediodía y se pusieron a trabajar conmigo. ¡Maldita sea! ¡Hasta Johnny lo hacía mucho más de prisa que yo...! y, por supuesto, Terry era dos veces más rápida. Trabajaban delante de mí y dejaban montones de algodón limpio para que lo metiera en el saco: los montones de Terry eran de trabajador avezado, los de Johnny menudos montones infantiles. Yo apenado los metía en el saco. ¿Qué tipo de hombre era que ni siquiera podía mantenerme, y mucho menos mantener a los míos? Pasaron la tarde entera conmigo. Cuando el sol enrojeció regresamos juntos. En un extremo del campo descargué mi saco en una balanza; pesaba veinte kilos y me dieron dólar y medio. Luego, en la bicicleta que me prestó uno de los okies fui hasta una tienda de la autopista 99 donde compré latas de espaguettis preparados y albondiguillas, pan, mantequilla, café y un pastel, y volví con la bolsa sobre el manillar. El tráfico zumbaba en dirección a LA los que iban a Frisco me acosaban por detrás. Maldecía y maldecía sin parar. Miré el cielo oscuro y le pedí a Dios mejores oportunidades en la vida y más suerte para ayudar a los que quería. Nadie me hacía el menor caso. Fue Terry la que me reanimó; calentó la comida en el hornillo de la tienda y fue una de las mejores comidas de toda mi vida, así estaba de hambriento y cansado. Suspirando como un viejo negro recogedor de algodón, me tumbé en la cama y fumé un pitillo. Los perros ladraban en la noche fría. Rickey y Ponzo habían dejado de visitarnos por la noche. Era muy de agradecer. Terry se acurrucaba junto a mí, Johnny se sentaba apoyado en mi pecho, y ambos dibujaban animales en mi cuaderno de notas. La luz de nuestra tienda brillaba en la temible llanura. La música vaquera sonaba en el parador y recorría los campos, toda tristeza. Eso me gustaba mucho. Besé a Terry y apagamos la luz.

"En el camino", Jack Kerouac.
(Descarga "En el camino" en formato pdf).

lunes, 28 de junio de 2010

...a pesar de todo, nunca me he sentido mejor y más tranquilo y más feliz...

DESPUÉS DE MI ÚLTIMA PARTIDA DE FRISCO, Dean se había vuelto loco de nuevo por Marylou y pasó meses acechando su apartamento en Divisadero, donde todas las nochesrecibía a un marinero distinto y él atisbaba por la ranura del correo y veía la cama. Por las mañanas veía a Marylou toda abierta de piernas con un tipo al lado o encima. Necesitaba pruebas absolutas de que era una puta. La amaba, estaba loco por ella. Finalmente, consiguió algo de mandanga verde, como se llama entre los entendidos(verde, es decir, marihuana sin curar). Llegó a sus manos por casualidad y fumó demasiado.

—El primer día —me dijo—, quedé rígido como una tabla encima de la cama y no me podía mover ni hablar; sólo podía mirar al vacío con los ojos muy abiertos. La cabeza me zumbaba y veía todo tipo de cosas en un tecnicolor maravilloso y me sentía de puta madre. El segundo día vino todo a mí, TODO lo que había hecho o conocido o leído u oído o pensado volvió a mí y se fue reordenando en mi cabeza con una lógica nueva y como no podía pensar en nada debido a mi preocupación interior por retener y alimentar el asombro y gratitud que sentía, decía sin parar: «Sí, sí, sí, sí». No muy alto. Sólo era un «Sí» auténtico, tranquilo; y estas visiones de la tila verde duraron hasta el tercer día. Por entonces ya lo había comprendido todo, mi vida entera estaba decidida, sabia que amaba a Marylou, sabía que tenía que encontrar a mi padre estuviera donde estuviera y salvarle, sabía que eras mi mejor amigo, etcétera. Sabía que Carlo es algo grande. Sabía miles de cosas respecto a todo y todos.
En esto, el tercer día, empecé atener una terrible serie de pesadillas y eran tan absolutamente terribles y pavorosas y verdes que lo único que podía hacer era estar doblado con las manos en las rodillas diciendo: «¡Oh, oh, oh, ah, oh!»... Los vecinos me oyeron y llamaron a un médico. Camille estaba fuera con la niña, había ido a visitar a su familia. Todo el vecindario intervino. Entraron y me encontraron en la cama con los brazos estirados y tiesos. Corría ver a Marylou con parte de esa tila. Bueno, Sal, pues a ella le ocurrió lo mismo; tuvo las mismas visiones, desarrolló la misma lógica, tomó una decisión definitiva idéntica con relación a todo, la misma visión de todas las verdades en un idéntico conjunto doloroso que provocaba pesadillas y dolor. Entonces me di cuenta de que la quería tanto que necesitaba matarla. Volví a casa y me pegué cabezazos contra las paredes. Fui a vera Ed Dunkel; está de vuelta en Frisco con Galatea; le pregunté por un tipo que conocemos que tiene una pistola, fui a ver al tipo, cogí la pistola, y volví a casa de Marylou. Miré por la ranura del correo y vi que estaba acostada con un tipo; me retiré vacilando y volví una hora después. Entré sin llamar ni nada y estaba sola... y le di la pistola y le dije que me matara. Tuvo el arma en la mano mucho tiempo. Le supliqué que hiciéramos un dulce pacto de muerte. Ella no quiso. Le dije que uno de los dos tenía que morir. Dijo que no. Me golpeé la cabeza contra la pared. Tío, estaba fuera de mí.
Me hizo desistir de ello... te lo puede contar ella misma.
—¿Y qué pasó después?
—Eso fue hace meses... después de que te fueras. Acabó casándose con un vendedor de coches usados, un hijo de puta que ha prometido matarme en cuanto me vea, pero si es necesario y para defenderme me lo cargaré yo a él e iré a San Quintín, Sal, porque en cuanto cometa cualquier otro delito iré a San Quintín para toda la vida... será mi final. A pesar de mi mano y todo. —Me enseñó la mano. Con la excitación no me había fijado que su mano había sufrido un terrible accidente—. Golpeé a Marylou en la sien el veintiséis de febrero a las seis en punto de la tarde... de hecho, eran las seis y diez, lo recuerdo porque tuve que despachar mi trabajo en una hora y veinte minutos...Fue la última vez que nos vimos y la última vez que lo decidimos todo; y ahora escucha esto: el golpe no alcanzó de lleno a Marylou porque ella hizo una finta. No le hizo el menor daño y hasta se rió. Pero mi puño había pegado en la pared y se me fracturó el pulgar, y un médico horrible me arregló los huesos, cosa difícil porque tenía tres fracturas diferentes. Fueron veintitrés horas de sentarse en bancos duros esperando y todo eso, y por fin al escayolarme se me clavó en el dedo una aguja de tracción y por eso en abril, cuando me quitaron la escayola, tenía infectado el hueso y se había producido una osteomielitis que se convirtió en crónica, y tras una operación que fracasó y un mes escayolado de nuevo, tuvieron que amputarme un maldito trozo de la punta del dedo.
Se quitó las vendas y me lo enseñó. Faltaba algo más de un centímetro de carne debajo de la uña.


—Las cosas fueron de mal en peor. Tenía que mantener a Camille y Amy y tenía que trabajar lo más de prisa que podía en Firestone como moldeador, arreglando neumáticos y después levantándolos, y pesaban unos veinticinco kilos, desde el suelo a los coches, y sólo podía utilizar mi mano sana y me golpeaba sin parar la enferma. Total, que se produjo una nueva fractura y tuvieron que arreglarme los huesos de nuevo, y todo se ha infectado otra vez. Así que ahora yo cuido de la niña mientras Camilla trabaja. Y así están las cosas. Soy un tipo de primera, un Moriarty genial al que su mujer tiene que ponerle todo los días inyecciones de penicilina que me producen urticaria, porque soy alérgico. Tengo que ponerme sesenta mil unidades del invento de Fleming cada mes y tomar una tableta cada cuatro horas para combatir la alergia que me producen. También tengo que tomar aspirina con codeina para aliviarme el dolor del pulgar. También tengo que ser intervenido quirúrgicamente debido a un quiste de una pierna. El lunes tengo que levantarme a la seis de la mañana para que me hagan una limpieza de la boca. Encima, tengo que ver a un pedicuro dos veces a la semana. Tengo que tomar jarabe para la tos todas las noches. Tengo que sonarme y sorberme los mocossin parar para despejarme la nariz que se ha hundido justo debajo del puente en un sitio debilitado por una operación que me hicieron hace años. He perdido el pulgar de mí mejor brazo. El mejor lanzador de la historia del reformatorio estatal de Nuevo México. Y a pesar de todo... a pesar de todo, nunca me he sentido mejor y más tranquilo y más feliz en mi vida que ahora...

"En el camino", Jack Kerouac.
(Descarga "En el camino" en formato pdf).


miércoles, 21 de abril de 2010

El último capítulo de Neal Cassady

CONOCÍ A NEAL C*, el chico de Kerouac, poco antes de que bajase a tenderse junto a aquella vía de ferrocarril mexicana para morir. los ojos se clavaban en ti como palillos de dientes y Neal con la cabeza junto al altavoz, se movía, saltaba, miraba insinuante, con su camiseta blanca de manga corta y cantaba como un cuco al compás de la música, precediéndola justo un pelo, como si fuese él quien dirigiera el espectáculo. yo, sentado con mi cerveza, le miraba. ya me había liquidado un paquete o dos de seis botellas. Bryan estaba dando instrucciones y material a dos chavales que iban a cubrir aquel espectáculo que siempre prohibían. en fin, no sé exactamente qué pasaba con aquel espectáculo del poeta de San Francisco, cuyo nombre ya no recuerdo. pues bien, nadie se fijaba en Neal C y a Neal C no le preocupaba, o eso hacía ver. cuando la canción acabó, se fueron los dos chavales y Bryan me presentó al fabuloso Neal C.


* Neal C: Neal Cassady, personaje legendario que tuvo gran influencia sobre Kerouac, Ginsberg y el movimiento beatnik. Es el «Dean Moriarty» de "En el camino "de Kerouac. Aparece también, entre otros muchos libros, en Acid test de Tom Wolfe.

 
—¿una cerveza? —le pregunté.
Neal echó mano a una botella, la tiró al aire, la agarró, quitó el tapón y vació el medio cuarto de dos largos tragos.
—toma otra.
—vale.
—yo me consideraba bueno con la cerveza.
—yo soy el muchacho duro de la cárcel. he leído cosas tuyas.
—yo también leí cosas tuyas. aquello de que salías por la ventana del baño y te escondías desnudo entre los matorrales. buen material.
—oh sí.
seguía dándole a la cerveza. nunca se sentaba. no hacía más que moverse por allí. estaba un poco aturdido por la acción, el relámpago eterno, pero no había odio alguno en él. te agradaba aunque no
quisieras, porque Kerouac le había preparado para la admiración de los masones y Neal había picado, seguía picando. pero en fin, Neal era pistonudo y uno podía pensar además que Jack sólo había escrito el libro, él no era la madre de Neal. sólo su destructor, deliberado o no.
Neal bailaba por el local en la Subida Eterna. la cara parecía vieja, dolorida, todo eso. pero su cuerpo era el cuerpo de un muchacho de dieciocho.
—¿quieres probar con él, Bukowski? —preguntó Bryan.
—sí, ¿quieres venir, muchacho? —me preguntó él.
tampoco ahora había odio. sólo seguir el juego.
—no, gracias. en agosto cumpliré cuarenta y ocho. ya no estoy para esos trotes.no habría podido manejarle.
—¿cuándo viste a Kerouac por última vez? —le pregunté.
creo que dijo que 1962, 1963. en fin, hacía mucho tiempo.
después de darle un rato a la cerveza con Neal, tuve que ir a por más. el trabajo de la oficina estaba casi hecho y Neal paraba en casa de Bryan y Bryan le invitó a cenar. yo dije, «vale», y, como estaba un poco animado, no me di cuenta de lo que iba a pasar. cuando salimos empezaba a caer una lluvia muy fina. de esa que realmente jode la calle. yo aún no sabía. pensé que iba a conducir Bryan, pero se colocó al volante Neal. en fin, pasé atrás. B. montó delante con Neal. y empezó el viaje. por aquellas calles resbaladizas, y cuando parecía que habíamos doblado ya una esquina, Neal decidía girar a la derecha o a la izquierda. pasábamos junto a los coches aparcados con la línea divisoria a sólo un pelo. sólo como un pelo puede describirse. Un leve desvío hacia el otro lado habría sido el final para todos. cuando salíamos del apuro yo siempre decía algo ridículo, como «¡chúpate ésa!» y Bryan se reía y Neal seguía conduciendo, ni ceñudo ni feliz ni sardónico, sólo allí: haciendo los movimientos. comprendí. era necesario. era su plaza de toros, su pista de carreras. era santo y necesario.
lo mejor fue justo al salir de Sunset, rumbo al norte, hacia Carlton. la llovizna era ya más intensa, estropeando al mismo tiempo la visión y las calles. al salir de Sunset, Neal inició su siguiente movimiento, ajedrez a toda pastilla, algo que había que calcular en una décima de segundo. un giro a la izquierda en Carlton nos llevaría a la casa de Bryan. estábamos a una manzana de distancia. había un coche delante y dos aproximándose. podría haber disminuido sin duda la velocidad y seguir después, pero habría perdido su movimiento. Neal no podía hacer eso. pasó al de delante, y yo pensé, ya está, bueno, no importa, da igual en realidad piensas eso, eso pensé yo. Los dos coches casi pegados, el otro tan cerca que su faros inundaban mi asiento trasero. creo que en el último segundo, el otro conductor tocó el freno. esto nos concedió el pelillo. Neal debía haberlo calculado. aquel movimiento. pero el asunto no terminó ahí. íbamos ya a mucha velocidad y el otro coche, que se acercaba lentamente del bulevar Hollywood estaba a punto de impedir el giro a la izquierda en Carlton. siempre recordaré el color de aquel coche. tan cerca llegamos a estar. Una especie de gris-azulado. un coche viejo, cupé, encogido y duro como una especie de ladrillo de acero rodante. Neal se desvió por la izquierda. me pareció que íbamos a embestir al otro coche por el centro. era inevitable. pero, curiosamente, el movimiento del otro coche hacia adelante y nuestro movimiento hacia la izquierda, coordinaron de modo perfecto. de nuevo el pelillo. Neal aparcó el coche y entramos en casa. Joan sacó la cena.
Neal comió todo lo de su plato y la mayor parte de lo del mío. bebimos un poco de vino. Joan tenía un cuidaniños muy inteligente, un joven homosexual, que creo que se ha ido con una banda de rock o se ha matado o algo así. en fin, el caso es que le di un pellizco en el trasero cuando pasaba junto a mí. le encantaba. creo que estuve demasiado tiempo bebiendo y hablando con Cassady. el cuidador de niños no hacía más que hablar de Hemingway, me comparaba más o menos con él, hasta que le dije que se callara y fue al piso de arriba a ver cómo estaba Jason. y unos días después me telefoneó Bryan:

- murió Neal, murió Neal -
- hostias, no -


luego Bryan me explicó algo más del asunto. y nada más.
sí, no había duda. tantos viajes, tantas páginas de Kerouac, tanta cárcel, para morir solo bajo una gélida luna mexicana, solo, ¿comprendes? ¿ves los pequeños cactus miserables? México no es un sitio malo simplemente porque esté oprimido; México es un mal sitio simplemente, ¿ves cómo miran los animales del desierto? las ranas, cornudas y simples, esas serpientes como hendiduras de mentes humanas que reptan, se paran, esperan, mudas bajo una muda luna mexicana, reptiles, rumores de cosas, contemplando a aquel tipo allí en la arena con su camiseta blanca de manga corta. Neal, había encontrado su movimiento, no hacía daño a nadie, el tipo duro de la cárcel, allí tumbado junto a una vía férrea mexicana.
esa única noche que estuve con él le dije:
—Kerouac ha escrito todos tus otros capítulos, yo he escrito ya tu último.
—adelante —dijo él—, escríbelo. punto y aparte.

Charles Bukowski; "Escritos de un viejo indecente".

Escucha el capitulo de la radionovela "On the Road: En el camino de Jack Kerouac" producida por Radio Educación 1060 AM de México, dedicado a Neal Cassady (Descargar en formato .mp3)

También puedes escucharlo en línea:


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