miércoles, 21 de abril de 2010

El último capítulo de Neal Cassady

CONOCÍ A NEAL C*, el chico de Kerouac, poco antes de que bajase a tenderse junto a aquella vía de ferrocarril mexicana para morir. los ojos se clavaban en ti como palillos de dientes y Neal con la cabeza junto al altavoz, se movía, saltaba, miraba insinuante, con su camiseta blanca de manga corta y cantaba como un cuco al compás de la música, precediéndola justo un pelo, como si fuese él quien dirigiera el espectáculo. yo, sentado con mi cerveza, le miraba. ya me había liquidado un paquete o dos de seis botellas. Bryan estaba dando instrucciones y material a dos chavales que iban a cubrir aquel espectáculo que siempre prohibían. en fin, no sé exactamente qué pasaba con aquel espectáculo del poeta de San Francisco, cuyo nombre ya no recuerdo. pues bien, nadie se fijaba en Neal C y a Neal C no le preocupaba, o eso hacía ver. cuando la canción acabó, se fueron los dos chavales y Bryan me presentó al fabuloso Neal C.


* Neal C: Neal Cassady, personaje legendario que tuvo gran influencia sobre Kerouac, Ginsberg y el movimiento beatnik. Es el «Dean Moriarty» de "En el camino "de Kerouac. Aparece también, entre otros muchos libros, en Acid test de Tom Wolfe.

 
—¿una cerveza? —le pregunté.
Neal echó mano a una botella, la tiró al aire, la agarró, quitó el tapón y vació el medio cuarto de dos largos tragos.
—toma otra.
—vale.
—yo me consideraba bueno con la cerveza.
—yo soy el muchacho duro de la cárcel. he leído cosas tuyas.
—yo también leí cosas tuyas. aquello de que salías por la ventana del baño y te escondías desnudo entre los matorrales. buen material.
—oh sí.
seguía dándole a la cerveza. nunca se sentaba. no hacía más que moverse por allí. estaba un poco aturdido por la acción, el relámpago eterno, pero no había odio alguno en él. te agradaba aunque no
quisieras, porque Kerouac le había preparado para la admiración de los masones y Neal había picado, seguía picando. pero en fin, Neal era pistonudo y uno podía pensar además que Jack sólo había escrito el libro, él no era la madre de Neal. sólo su destructor, deliberado o no.
Neal bailaba por el local en la Subida Eterna. la cara parecía vieja, dolorida, todo eso. pero su cuerpo era el cuerpo de un muchacho de dieciocho.
—¿quieres probar con él, Bukowski? —preguntó Bryan.
—sí, ¿quieres venir, muchacho? —me preguntó él.
tampoco ahora había odio. sólo seguir el juego.
—no, gracias. en agosto cumpliré cuarenta y ocho. ya no estoy para esos trotes.no habría podido manejarle.
—¿cuándo viste a Kerouac por última vez? —le pregunté.
creo que dijo que 1962, 1963. en fin, hacía mucho tiempo.
después de darle un rato a la cerveza con Neal, tuve que ir a por más. el trabajo de la oficina estaba casi hecho y Neal paraba en casa de Bryan y Bryan le invitó a cenar. yo dije, «vale», y, como estaba un poco animado, no me di cuenta de lo que iba a pasar. cuando salimos empezaba a caer una lluvia muy fina. de esa que realmente jode la calle. yo aún no sabía. pensé que iba a conducir Bryan, pero se colocó al volante Neal. en fin, pasé atrás. B. montó delante con Neal. y empezó el viaje. por aquellas calles resbaladizas, y cuando parecía que habíamos doblado ya una esquina, Neal decidía girar a la derecha o a la izquierda. pasábamos junto a los coches aparcados con la línea divisoria a sólo un pelo. sólo como un pelo puede describirse. Un leve desvío hacia el otro lado habría sido el final para todos. cuando salíamos del apuro yo siempre decía algo ridículo, como «¡chúpate ésa!» y Bryan se reía y Neal seguía conduciendo, ni ceñudo ni feliz ni sardónico, sólo allí: haciendo los movimientos. comprendí. era necesario. era su plaza de toros, su pista de carreras. era santo y necesario.
lo mejor fue justo al salir de Sunset, rumbo al norte, hacia Carlton. la llovizna era ya más intensa, estropeando al mismo tiempo la visión y las calles. al salir de Sunset, Neal inició su siguiente movimiento, ajedrez a toda pastilla, algo que había que calcular en una décima de segundo. un giro a la izquierda en Carlton nos llevaría a la casa de Bryan. estábamos a una manzana de distancia. había un coche delante y dos aproximándose. podría haber disminuido sin duda la velocidad y seguir después, pero habría perdido su movimiento. Neal no podía hacer eso. pasó al de delante, y yo pensé, ya está, bueno, no importa, da igual en realidad piensas eso, eso pensé yo. Los dos coches casi pegados, el otro tan cerca que su faros inundaban mi asiento trasero. creo que en el último segundo, el otro conductor tocó el freno. esto nos concedió el pelillo. Neal debía haberlo calculado. aquel movimiento. pero el asunto no terminó ahí. íbamos ya a mucha velocidad y el otro coche, que se acercaba lentamente del bulevar Hollywood estaba a punto de impedir el giro a la izquierda en Carlton. siempre recordaré el color de aquel coche. tan cerca llegamos a estar. Una especie de gris-azulado. un coche viejo, cupé, encogido y duro como una especie de ladrillo de acero rodante. Neal se desvió por la izquierda. me pareció que íbamos a embestir al otro coche por el centro. era inevitable. pero, curiosamente, el movimiento del otro coche hacia adelante y nuestro movimiento hacia la izquierda, coordinaron de modo perfecto. de nuevo el pelillo. Neal aparcó el coche y entramos en casa. Joan sacó la cena.
Neal comió todo lo de su plato y la mayor parte de lo del mío. bebimos un poco de vino. Joan tenía un cuidaniños muy inteligente, un joven homosexual, que creo que se ha ido con una banda de rock o se ha matado o algo así. en fin, el caso es que le di un pellizco en el trasero cuando pasaba junto a mí. le encantaba. creo que estuve demasiado tiempo bebiendo y hablando con Cassady. el cuidador de niños no hacía más que hablar de Hemingway, me comparaba más o menos con él, hasta que le dije que se callara y fue al piso de arriba a ver cómo estaba Jason. y unos días después me telefoneó Bryan:

- murió Neal, murió Neal -
- hostias, no -


luego Bryan me explicó algo más del asunto. y nada más.
sí, no había duda. tantos viajes, tantas páginas de Kerouac, tanta cárcel, para morir solo bajo una gélida luna mexicana, solo, ¿comprendes? ¿ves los pequeños cactus miserables? México no es un sitio malo simplemente porque esté oprimido; México es un mal sitio simplemente, ¿ves cómo miran los animales del desierto? las ranas, cornudas y simples, esas serpientes como hendiduras de mentes humanas que reptan, se paran, esperan, mudas bajo una muda luna mexicana, reptiles, rumores de cosas, contemplando a aquel tipo allí en la arena con su camiseta blanca de manga corta. Neal, había encontrado su movimiento, no hacía daño a nadie, el tipo duro de la cárcel, allí tumbado junto a una vía férrea mexicana.
esa única noche que estuve con él le dije:
—Kerouac ha escrito todos tus otros capítulos, yo he escrito ya tu último.
—adelante —dijo él—, escríbelo. punto y aparte.

Charles Bukowski; "Escritos de un viejo indecente".

Escucha el capitulo de la radionovela "On the Road: En el camino de Jack Kerouac" producida por Radio Educación 1060 AM de México, dedicado a Neal Cassady (Descargar en formato .mp3)

También puedes escucharlo en línea:


jueves, 15 de abril de 2010

Un mensaje imperial

EL EMPERADOR —así dicen— te ha enviado a ti, el solitario, el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía, microscópica ante el sol imperial ¡justamente a ti, el Emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte.

Hizo arrodillar al mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído; tan importante le parecía, que se lo hizo repetir. Asintiendo con la cabeza, corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su muerte —todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la gran escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio—, ante todos, ordenó al mensajero que partiera.

El mensajero partió en el acto; un hombre robusto e, incansable; extendiendo primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la multitud; cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más fácilmente que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. 

Si ante él se abriera el campo libre, como volaría, que pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho; todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios: y después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un palacio: y así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta —pero esto nunca, nunca podría suceder todavía le faltaría cruzar la capital, el centro del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente.

Nadie podría abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas cuando cae la noche.

Fragmento de "La Muralla China y otros relatos"; Franz Kafka.
Escucha el capitulo que el  podscast  "Ráfagas de Pensamiento" le dedicó a este cuento haciendo click aquí (comentado por el Dr. Ernesto Priani Saisó).
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